Como vasco, me duele escuchar «Gora ETA» entre risas. También lo he leído muchas veces en TikTok, X e Instagram, en comentarios de vídeos y publicaciones, incluidos los de contenido político. Mi impresión es que suele aparecer entre gente joven, aunque una cuenta en redes no permite saber con certeza la edad de quien escribe.

A veces quien lo dice asegura que está bromeando, que no apoya a la organización y que nadie debería tomárselo en serio. Puede que esa sea su intención. Pero me pregunto qué queda fuera de la conversación cuando una historia de asesinatos, amenazas y familias rotas se convierte en una frase con la que provocar a los demás.

Una broma no equivale por sí sola a apoyar el terrorismo. Aun así, la intención de quien habla no determina todo lo que sus palabras significan para los demás. Para quien perdió a alguien, vivió amenazado o tuvo que marcharse, ese nombre pertenece a una experiencia que sigue formando parte de su vida. Decir que algo era una broma no resuelve la pregunta sobre si hemos pensado en ellos.

La distancia generacional ayuda a entender el problema. ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada el 20 de octubre de 2011 y su disolución en mayo de 2018. Antes había prolongado su violencia durante décadas, también durante la democracia. [1] Quienes crecieron después no tienen por qué recordar el miedo de aquellos años. Precisamente por eso necesitamos transmitir lo ocurrido con algo más que una consigna.

En Euskadi, ese miedo podía atravesar la vida cotidiana. Un informe promovido por el Gobierno Vasco sobre concejales perseguidos recoge testimonios de amenazas, aislamiento y consecuencias familiares. Algunas personas tuvieron que cambiar de domicilio y vivir escoltadas fuera de Euskadi. [2] El daño llegaba también a quienes esperaban en casa, a quienes miraban con preocupación cada salida y a quienes habían aprendido a medir lo que podían decir. Recordarlo permite comprender por qué una aparente broma puede resultar tan dolorosa.

Hay otra confusión que me preocupa: identificar el deseo de independencia con el apoyo a ETA. Defender una identidad vasca, sentirse únicamente vasco o querer un Estado propio puede formar parte de un proyecto político defendido mediante argumentos y procedimientos democráticos. Esa posición no obliga a admirar a quienes utilizaron el asesinato para imponer la suya. La diversidad de ideas sobre Euskadi merece una discusión en la que nadie tenga que aceptar la violencia como parte de su identidad.

Si un proyecto político pretende representar a una comunidad, debería empezar por respetar la vida y la libertad de las personas que la componen, incluidas las que lo rechazan. De poco sirve hablar en nombre de un pueblo si se le niega a una parte de sus vecinos el derecho a vivir sin miedo. Una identidad compartida pierde su sentido cuando se convierte en una exigencia de obediencia.

Las víctimas permiten poner nombres a esa reflexión. Miguel Ángel Blanco era concejal del PP en Ermua. Isaías Carrasco había sido concejal del PSE-EE en Arrasate/Mondragón; fue asesinado en 2008 cuando se dirigía al trabajo. Ambos figuran en el informe del Gobierno Vasco. [2] Sus ideas podían discutirse, como las de cualquier representante político. Ninguna discrepancia daba derecho a quitarles la vida.

Por eso me sale una pregunta incómoda cuando escucho esas consignas: ¿seguiría haciendo gracia si la persona asesinada hubiera sido tu padre, tu madre, un hermano o un amigo? No porque una víctima tenga que ser cercana para merecer respeto. La pregunta sirve para acercar lo que a veces reducimos a una abstracción. Detrás de cada nombre había alguien cuya ausencia cambió otras vidas para siempre.

El caso de Jesús María Zabarte Arregi, conocido como el «carnicero de Mondragón», obliga a mantener esa perspectiva. El Mapa del Terror de COVITE, una asociación de víctimas, documenta que acumuló condenas por 17 asesinatos. [3] Cuando se plantea un homenaje a alguien con esa trayectoria, me parece imprescindible recordar también a las personas a las que arrebató la vida. ¿Qué estamos enseñando si su nombre ocupa el centro y el de sus víctimas desaparece?

Puedo comprender que los allegados lloren a una persona fallecida. Convertir su trayectoria terrorista en un ejemplo público exige una respuesta distinta. El afecto familiar no convierte un crimen en una hazaña. Y el cariño hacia alguien de nuestro entorno no debería obligarnos a silenciar el daño que causó. La memoria pierde honestidad cuando solo conserva lo que permite admirar a los nuestros.

También quiero ser cuidadoso al hablar de los jóvenes. Haber escuchado o leído determinadas frases no me permite atribuirlas a toda una generación, a todos los habitantes de un pueblo ni a todos los independentistas. Tampoco puedo saber cuánto conoce cada persona sobre ETA o qué intención tiene al mencionarla. Mi crítica se dirige a una conducta concreta: banalizar o glorificar el terrorismo sin detenerse en sus consecuencias.

Sí hay motivos para prestar atención a cómo se enseña esta historia. Una investigación presentada por la Universidad de Navarra en 2026 encuestó durante el curso 2023–2024 a más de mil alumnos de cuarto de ESO de diez comunidades autónomas. El 60 % reconoció conocimientos escasos o nulos sobre terrorismo, y el 72 % consideró necesario estudiarlo en clase. [4] Son datos de esos estudiantes, no una encuesta exclusiva sobre la juventud vasca ni una medida de apoyo a ETA. Muestran que desconocimiento e interés por aprender pueden coexistir.

La respuesta que me gustaría encontrar empieza por ahí. Escuchar testimonios, conocer historias concretas, leer y preguntar a quienes vivieron aquellos años puede dar profundidad a lo que hoy parece lejano. Acusar de ignorante a alguien quizá cierre la conversación antes de empezar. Pedirle que conozca a las víctimas antes de repetir una consigna le plantea una responsabilidad que puede asumir.

También merece atención la posibilidad de que una persona revise su propio pasado. Los encuentros restaurativos entre víctimas y presos, iniciados en 2011, forman parte de las experiencias recogidas por el Gobierno Vasco. [5] Para mí, reconocer el daño causado y asumir la responsabilidad resulta mucho más valioso que mantener una imagen heroica de la violencia. Admitir que se hizo algo injustificable puede abrir un camino de reparación, aunque lo perdido no pueda recuperarse.

Eso exige cuidar también las palabras con las que describimos a quienes entraron en ETA. La propaganda, el entorno o la presión del grupo pueden ayudar a explicar una trayectoria. No convierten un asesinato en una simple equivocación de juventud ni borran la responsabilidad de quien lo cometió. Comprender cómo se llegó a participar en el terrorismo importa precisamente para prevenirlo y para reconocer decisiones que pudieron haber sido distintas.

Creo que es posible defender la reinserción y exigir una memoria honesta del crimen al mismo tiempo. También creo que una víctima debe poder decidir si quiere participar en un encuentro o aceptar unas disculpas. No le corresponde demostrar su generosidad para que los demás podamos sentir que la historia está resuelta. El respeto empieza por escuchar lo que necesita, incluso cuando esa respuesta nos incomoda.

Recordar a ETA debería ayudarnos a reconocer el valor de vivir sin coacciones y de defender ideas sin amenazar a nadie. La memoria puede transmitir esa libertad a quienes han tenido la suerte de crecer con ella. También puede convertirse en un relato cómodo que oculte a las víctimas. Me preocupa esa segunda posibilidad porque deja el pasado disponible para nuevas idealizaciones.

Quiero que podamos discutir sobre Euskadi, su identidad y su futuro con toda la libertad que merece una sociedad plural. Y quiero que quienes no vivieron aquellos años sepan por qué importa conservar esa libertad. Antes de gritar una consigna o convertir a un terrorista en un referente, deberíamos conocer las vidas que quedaron detrás. Si pensamos en ellas y la frase deja de parecernos graciosa, habremos aprendido algo que merece durar.