Uso bastante el móvil. Calculo que unas seis o seis horas y media al día. Lo digo porque esta reflexión también me incluye: me preocupa una relación con el teléfono de la que yo mismo formo parte. Cuando miro ese tiempo, me pregunto cuánto he elegido dedicarle y cuánto se ha ido acumulando entre consultas que parecían durar apenas un momento.

Considero que tener un móvil resulta necesario en la vida actual, aunque sea para llamar. Me cuesta entender que alguien prescinda de él y dependa únicamente del teléfono fijo de casa. Poder comunicarnos cuando estamos fuera, encontrar una dirección o resolver una gestión son ventajas que valoro. El debate empieza cuando esa herramienta ocupa también momentos en los que podríamos vivir perfectamente sin mirarla.

Pensemos en una sala de espera del médico o del dentista: varias personas sentadas, cada una pendiente de su pantalla. Compartimos el mismo espacio, pero apenas nos miramos o hablamos. Quizá alguno esté resolviendo algo importante; otro puede estar pasando el rato. Aun así, me inquieta que sacar el teléfono se haya convertido en una respuesta tan habitual a cualquier espera.

Esperar unos minutos podría darnos la oportunidad de observar el entorno, ordenar una idea o iniciar una conversación con alguien desconocido. Nadie tiene la obligación de hablar con quien se sienta al lado. Pero me pregunto cuántas interacciones dejamos de tener cuando nuestra atención ya está ocupada antes de que surja siquiera la posibilidad.

Por eso me preocupa que estemos olvidando cómo aburrirnos. Creo que una pausa sin entretenimiento puede dejarnos espacio para pensar, imaginar algo o simplemente encontrar un poco de tranquilidad. El aburrimiento puede resultar incómodo, pero quizá esa incomodidad tenga también un valor: nos deja un momento en el que decidir qué queremos hacer con nuestro tiempo.

Si cada hueco recibe inmediatamente una pantalla, ¿cuándo nos permitimos estar a solas con nuestros pensamientos? Me gustaría recuperar la posibilidad de mirar por una ventana, escuchar lo que ocurre alrededor o dejar pasar unos minutos sin sentir que hay que llenarlos. También considero que eso forma parte del tiempo libre.

Contar las horas ayuda a plantear el problema, aunque exige contexto. Una conversación larga con alguien que vive lejos, una tarea de trabajo y una sucesión de consultas sin propósito pueden sumar el mismo tiempo. El contador las reúne, pero para valorar nuestro uso necesitamos preguntarnos también para qué hemos cogido el móvil y qué hemos dejado de hacer mientras tanto.

La investigación ofrece motivos para prestar atención. Un ensayo publicado en BMC Medicine en 2025 asignó a 111 estudiantes sanos a mantener su uso habitual o intentar reducirlo a un máximo de dos horas diarias durante tres semanas. El grupo que redujo su uso presentó mejoras pequeñas o moderadas en estrés, bienestar, síntomas depresivos y síntomas de insomnio. [1] Fue una intervención breve, en una muestra universitaria y con resultados principalmente autoinformados. Además, el tiempo de uso volvió después a acercarse al inicial. Las dos horas fueron el objetivo del experimento, no una frontera demostrada entre lo saludable y lo dañino para todas las personas.

Otros resultados aconsejan evitar conclusiones demasiado simples. Un estudio observacional de 2025 analizó registros de uso de 10.099 adultos estadounidenses durante cuatro semanas y encontró asociaciones generalmente débiles o nulas entre uso del móvil y estado de ánimo. [2] Eso tampoco demuestra que cualquier hábito sea inocuo: estudió un periodo corto y no todas las posibles consecuencias. La duración, el contexto y el método de cada investigación importan cuando intentamos responder cuánto uso es demasiado.

El sueño permite pensar en una consecuencia concreta. Si prolongamos el uso y retrasamos la hora de acostarnos, estamos cediendo parte del descanso a la pantalla. Además, el Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de Estados Unidos explica que la exposición a luz artificial brillante por la noche antes de acostarnos, incluida la del teléfono, puede alterar la liberación de melatonina y dificultar que nos durmamos. [3] El momento de uso también merece atención.

También me preocupa el impulso de consultar el móvil sin tener nada concreto que hacer, o la inquietud que puede aparecer al tocar el bolsillo y descubrir que lo hemos dejado en casa. En esas situaciones, la pregunta sobre las horas se queda corta. Importa también la capacidad de decidir cuándo dejarlo.

Es fácil llamar adicción a esa relación. Conviene, sin embargo, utilizar la palabra con cuidado. Una revisión de 78 escalas sobre uso problemático, publicada en 2020, señaló dificultades para definirlo y medirlo de forma consensuada, y examinó el debate sobre el concepto de «adicción al móvil». [4] Muchas horas, por sí solas, no permiten establecer un diagnóstico. La dificultad para regular el uso y sus consecuencias en la vida cotidiana merecen más atención que una etiqueta aplicada de manera automática.

No sé fijar un límite de horas que me parezca razonable para todo el mundo. Lo que sí veo más claro es que hay momentos en los que deberíamos cuidar la atención que damos a otras personas. En una comida, una cena o una quedada con amigos, estar pendiente del teléfono mientras alguien nos habla me parece una cuestión de educación.

Hemos decidido reunirnos y compartir ese tiempo. Si cada pausa en la conversación nos lleva de vuelta al móvil, resulta difícil mantener ese encuentro. Me gustaría que mirar continuamente una pantalla mientras otra persona intenta hablar con nosotros despertara la misma consideración que cualquier otra forma de desatenderla.

Puede surgir una llamada importante o algo que necesitemos resolver. Es comprensible atenderlo y explicarlo. La reflexión se refiere al gesto que se repite sin una necesidad concreta, al hábito de consultar el teléfono aunque hayamos elegido estar con alguien. Reconocerlo en nuestras propias conductas puede ser más útil que señalar únicamente a los demás.

La misma pregunta aparece cuando estamos solos. Disponer de un móvil nos permite comunicarnos y resolver muchas cosas; conservar algún momento sin consultarlo puede ayudarnos a descubrir qué queremos hacer cuando tenemos tiempo disponible. Quizá leer, pasear, pensar o descansar. Quizá, sencillamente, aburrirnos un rato.

Sigo considerando importante tener un teléfono móvil. También creo que debemos aprender a convivir con él conservando la atención para las personas y los lugares que tenemos delante. Me preocupa que nos acostumbremos tanto a llenar cualquier pausa que terminemos sintiendo extrañeza ante unos minutos sin pantalla.

Quiero que el móvil siga teniendo un lugar útil en nuestra vida. Y me gustaría que también hubiera espacio para una conversación inesperada, una espera tranquila o una idea que aparece mientras miramos alrededor. Poder disfrutar de esos momentos debería formar parte de nuestra manera de utilizarlo.